Si bien los Redondos siempre se caracterizaron por correrse de los escenarios más habituales del rock, hecho que se pronunció desde la muerte de Walter Bulacio tras la presentación de la banda en Obras Sanitarias, no tantos recuerdan que luego de ese episodio trágico volvieron a tocar en CABA, en este caso, en Parque Avellaneda. El sitio, ya desaparecido: fue Autopista Center, ubicado justo en la división entre Villa Luro y la Comuna 9.
El lugar elegido fue una nueva guarida escogida por la «Negra Poly» y la banda para continuar con su habitual ceremonia. El ciclo de Obras Sanitarias parecía haber terminado; ahora el templo era un gigantesco galpón ubicado exactamente debajo de la Autopista 25 de Mayo, en el oeste porteño. El objetivo: estrenar oficialmente su quinto álbum de estudio, el ya icónico La mosca y la sopa.
Estaban ansiosos, con un poco de bronca y con unas ganas incontenibles de volver a encontrarse. Luego de siete meses de silencio, «las bandas» regresaron a los escenarios porteños. Debajo de la autopista, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fueron la llama de tres jornadas calientes, a pura pasión y rocanrol, los días 22, 23 y 24 de noviembre de 1991.
El regreso a Capital tras la tragedia de Walter Bulacio
Si bien el quinteto se había presentado meses antes en el Colegio Santa Lucía de Florencio Varela, desde el pasado abril —ocasión en la que ocurrió el confuso y trágico incidente policial en el que perdió la vida el joven Walter Bulacio— Los Redondos no habían vuelto a la Capital.
Los largos meses de reclusión en los estudios impacientaron a los fans. Por eso, el reencuentro tuvo un carácter de desahogo colectivo. Unas 20.000 personas se reunieron a lo largo del fin de semana, ilustrando el inmejorable presente de la banda. La magia del Indio, la sobria maestría de Skay y la incontenible potencia del resto convirtieron el show en un ritual sagrado.
La crónica del show: entre el fervor y los problemas de sonido
Pocos minutos después de las 23 horas, en este extraño templo bajo el asfalto, la densa nube energética dejó ver la inquieta calvicie del Indio Solari, y hasta las sólidas columnas de hormigón (que tapaban a gran parte del público) se conmovieron con la irrupción de Semen up.
Enseguida se inició la «lluvia» de temas del estreno. Canciones como Nueva Roma o Un poco de amor francés fueron entonadas por el público como si se tratara de clásicos de toda la vida, obligando a sudar hasta los límites en una noche de calor asfixiante. El flamante disco había pegado rápido en la radio y se notaba entre los presentes.
El desempeño de la banda
- El Indio Solari: Por momentos su voz no se escuchaba del todo bien, pero no importaba: se reproducía por los miles de gargantas que la llevaban dentro del alma.
- Skay Beilinson: Bosquejó Criminal mambo con inolvidables garabatos que brotaban desde su guitarra.
- Semilla Bucciarelli y Walter Sidotti: Se agruparon en un torbellino rítmico que, lamentablemente, no tuvo el mejor sonido el día viernes.
- Sergio Dawi: Mención aparte para el saxofonista, cada vez más afianzado y central en los conciertos de la banda.
Nota de la época: El sonido fue el punto más flaco del espectáculo. Comenzó con muchos acoples y, cuando parecía mejorar, volvía a caer en un pozo. En un momento del show, el propio Indio intentó justificarlo ante la gente aludiendo a que se trataba de la primera de las tres jornadas.
El final de la ceremonia
Hacia el final, el público entonaba el clásico “Es un sentimiento que no puedo parar”, mientras “los fabulosos cinco del underground” le ponían música desde el escenario. A pesar del calor extremo, los fanáticos gritaron hasta conseguir los bises: Nadie es perfecto y Ella es tan linda.
Las luces, de colores fuertes y sin demasiadas variantes —algo habitual en la estética redonda— se apagaron tras algo más de dos horas de actuación con el último tema, Maldición va a ser un día hermoso.
Al salir al aire de la noche, el fuego continuaba invulnerable. La multitud seguía coreando plegarias debajo de la autopista. Todavía quedaban dos días más para repetir la ceremonia de un álbum que, años más tarde, se convertiría en una de las páginas doradas de la historia del rock nacional.
