Nancy Giampaolo no oculta su naturaleza introspectiva. A pesar de llevar cinco años recorriendo escenarios junto a Diego Capusotto en el ciclo El Lado C, admite que todavía prefiere el refugio del papel y la pluma antes que la exposición de las cámaras. Sin embargo, su presente la encuentra en plena celebración de la segunda temporada de “Tirria” en el Teatro Metropolitan, una obra que escribió junto a su pareja, el ilustrador Lucas Nine, y que se ha convertido en una rara avis de la cartelera comercial porteña.
En una charla radial con nuestro editor, Pablo Seoane, la periodista, escritora y dramaturga, se refirió al éxito de su obra en la calle Corrientes, su relación creativa con Diego Capusotto y la vigencia de un teatro que se rebela contra la inmediatez digital.
La génesis de una “tilinguería” argentina
La obra nació de una anécdota histórica que Giampaolo le comentó a Nine: familias patricias que, tras caer en desgracia económica, fingían viajes a Europa escondiéndose en sus propias casas durante el verano. “Se lo cuento a Lucas, que es una máquina de hacer analogías, y empezamos un brainstorm. La obra también habla un poco de nuestra propia tilinguería”, confiesa la autora.

Para Giampaolo, el texto funciona como un espejo de la clase media argentina que siempre ha buscado emular a una aristocracia ya inexistente. “Despejar con Europa, tener a Francia como un berretín… es algo que nos pone en ridículo a nosotros mismos. Es una obra sobre la tilinguería que cruza todas las clases sociales a través de los dispositivos y las apariencias actuales”, explica sobre el trasfondo de la pieza.
El teatro como un organismo vivo
Aunque Giampaolo ha transitado el periodismo gráfico, el ensayo y la televisión, reconoce que la dramaturgia le permitió descubrir la “magia” de lo irrepetible. Mientras que los formatos digitales cristalizan y congelan los contenidos, ella encuentra en las tablas un antídoto: “El teatro es todo lo contrario, es algo completamente vivo. Ninguna función es igual a la otra”.
Esa vitalidad se apoya en un elenco que Giampaolo describe como extraordinario. Con Rafael Spregelburd, Andrea Politi y Diego Capusotto a la cabeza, la autora destaca cómo los actores se “apoderaron” del texto. “Andrea es una mina que puede hacer un primer plano en teatro, algo muy difícil, pero logra llevar a su cara esa sensación”, comenta con admiración. También resalta la labor de Capusotto en el rol del mayordomo Hilario: “Lo pensamos exclusivamente con su figura. Vengo muy acostumbrada a trabajar con él y no me cuesta imaginarlo en distintas situaciones actorales”.
La batalla contra la distracción digital
En la charla, surge inevitablemente la comparación entre el teatro y el consumo de contenidos en redes sociales. Giampaolo se muestra crítica ante los “vicios de la vida digital”, como la escritura innecesariamente larga para cumplir con algoritmos o la atención atomizada del público. “Me sorprende muchísimo que el público se cope con obras extensas. Quizás es porque ahí está prohibido sacar el dispositivo y distraerte”, reflexiona.
Para ella, el éxito de Tirria en la calle Corrientes es un motivo de orgullo no solo por la respuesta del público, sino por su origen: “Nos da felicidad que sea algo escrito por argentinos. Hay mucho material comprado afuera y adaptado, pero no hay tanto autor nacional dentro del circuito comercial”.
Capusotto: la amistad detrás del ídolo
La relación con Diego Capusotto ocupa un lugar central en su vida y en su carrera. Lo que comenzó como una entrevista periodística que tardó un año en concretarse, derivó en una amistad de más de 15 años y múltiples proyectos compartidos. Sobre la masividad del humorista, Giampaolo aporta una mirada sociológica: “Es una figura genuinamente popular. Derriba todos los mitos de internet porque es un tipo que huye de las cámaras, no hace prensa ni autobombo, y sin embargo recibe un amor extraordinario y real en la calle”.
Giampaolo concluye reafirmando que, a pesar de sus incursiones en la actuación o el escenario, su identidad sigue ligada a la palabra. Ya sea en sus columnas de los sábados publicadas en el diario Perfil o en los diálogos de sus personajes, su búsqueda es siempre la misma: una narrativa que escape a lo “líquido” y que, como el teatro, logre capturar la atención profunda en un mundo de lecturas en diagonal.
