En principio, es obligatorio aclarar que este medio no se especializa en política internacional. Sin embargo, no se necesita ser un experto en la materia para advertir que desde el Estado es una aberración celebrar la invasión de un país a otro. No pareció entenderlo así la administración de Jorge Macri al iluminar el Obelisco y el Planetario con los colores de la bandera venezolana, tras el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, más la intervención a la nación bolivariana. Asimismo, apoyar con un texto en sus cuentas de redes sociales lo mismo.
Se podrá cuestionar, fustigar, estar realmente informado sobre la coyuntura venezola o no saber nada, pero es injustificable apoyar invasiones a países: es una violación a la Carta de Naciones Unidas (ONU), del Derecho Internacional. Encima, con el agravante de que EE.UU. es especialista en manejarse como si fueran imperio y ya se sabe cómo terminan las naciones en las que intervinieron para “hacer justicia”.
Afganistán (2001 – 2021), Irak (2003 – 2011), Yemen (2002, 2009, 2011), Libia (2011), Pakistán (2007-2015), entre otros tantos países son ejemplos acabados de ello. O como olvidar, que para invadir a Irak, secuestar a Saddam Husein y propiciar su ejecución, utilizaron la excusa de que invadían porque la administración del país asiático tenía armas de destrucción masiva, y luego el mismo Colin Powell reconoció que la información en la que se basaron era errónea. Más aún, el secretario de Estado de ese afirmó fue un “fracaso de inteligencia” y lamentó sus declaraciones.
Por todo, el Jefe de Gobierno, Jorge Macri, cuando presenta un acto de “compromiso con la libertad” soslaya una posición institucional peligrosa: la validación de la violación de la soberanía de una nación hermana.
Es, como mínimo, llamativo que una administración local, cuya competencia debería centrarse en la gestión de los baches, la seguridad barrial y el bienestar de sus propios vecinos, decida utilizar el patrimonio de todos los porteños para celebrar un proceso de quiebre institucional en el extranjero. Al afirmar que “no hay neutralidad posible”, el Gobierno de la Ciudad abandona la prudencia diplomática para abrazar una visión donde la autodeterminación de los pueblos queda subordinada a las afinidades ideológicas del turno.
La contradicción del festejo
Celebrar la captura de un mandatario —más allá de las legítimas y profundas críticas que su gestión deba recibir— en el marco de una invasión o intervención externa, sienta un precedente nefasto. La historia latinoamericana está regada de intervenciones que, bajo la promesa de “restaurar la democracia”, terminaron instalando tutelajes extranjeros y saqueos de recursos que solo profundizaron el sufrimiento de los pueblos.
¿Es el rol de la Ciudad de Buenos Aires actuar como una cancillería paralela? Mientras el Jefe de Gobierno se enfoca en la “justicia” del país vecino, los problemas estructurales de los barrios porteños persisten. La iluminación de monumentos parece funcionar más como una distracción estratégica o un alineamiento con la política exterior del Gobierno Nacional de Javier Milei, que como una política de Estado genuinamente preocupada por los derechos humanos.
Ética selectiva
La “neutralidad que es complicidad”, mencionada por Macri, parece ser una regla de aplicación selectiva. No se han visto luces similares por otros conflictos donde la dignidad humana es vulnerada sistemáticamente, como el ataque sistemático de Israel a Palestina, lo que deja al descubierto que no es la ética lo que mueve los reflectores, sino la conveniencia política.
La libertad, valor supremo que todos compartimos, no se construye sobre las cenizas de la soberanía nacional. Al festejar la intervención en un país soberano, el Gobierno porteño no solo celebra un cambio de régimen; está celebrando la idea de que cualquier frontera puede ser vulnerada si el argumento es lo suficientemente popular en las redes sociales.
Buenos Aires siempre fue, es y será una ciudad de puertas abiertas y un faro cultural. Pero su prestigio no debería ser utilizado para validar la injerencia externa. La verdadera dignidad de los pueblos se defiende respetando su derecho a resolver sus conflictos sin botas extranjeras de por medio. Hoy, el amarillo, azul y rojo en el Obelisco no solo representan a un pueblo; también representan el eclipse de la doctrina de no intervención que supo ser orgullo de nuestra política exterior.
