El pulso comercial de Liniers hoy se mide en puestos ambulantes, tránsito pesado y un ritmo frenético alrededor de la estación. Sin embargo, quienes caminan por la calle Montiel con algunas décadas encima todavía pueden escuchar el eco del proyector. Allí, a metros de la Avenida Rivadavia, funcionó el Cine Odeón, uno de los templos de barrio que definió el entretenimiento porteño del siglo XX.

El refugio de la función continuada

A diferencia de los gigantes del centro porteño, el Odeón construyó su identidad desde la cercanía. No competía con las luces de la calle Corrientes; su público era el vecino que salía de trabajar o la familia que buscaba una salida de fin de semana sin irse lejos de casa.

Su propuesta principal era la clásica función doble o continuada. Por una sola entrada, los espectadores de la zona oeste podían disfrutar de dos películas seguidas, separadas apenas por un intervalo donde el olor a pochoclo inundaba la sala. El Odeón no buscaba la exclusividad de los grandes estrenos, sino la calidez de un espacio de encuentro comunitario.

El circuito cinéfilo del oeste

El Odeón no estaba solo. Formaba parte de un potente circuito cinematográfico local que convirtió a Liniers en un polo cultural periférico. El barrio supo albergar salas emblemáticas como:

  • El Cine Edison: El coloso de la zona, famoso por su imponente estructura.
  • El Gran Liniers y el Capitolio: Pantallas que completaban una oferta vibrante sobre el eje de Rivadavia.

En ese ecosistema, el Odeón ocupaba el lugar del cine querido, el de la cuadra, el que permitía la escapada improvisada de los jóvenes del barrio.

El final de una época

La decadencia del Cine Odeón no fue un hecho aislado, sino el síntoma de una transformación urbana e industrial. La llegada masiva de la televisión hogareña, la posterior aparición del video casero y el aumento de los costos de mantenimiento hirieron de muerte a las salas de una sola pantalla.

El cine cerró sus puertas y el edificio se transformó, devorado por la lógica comercial de un Liniers que cambió las filas de espectadores por locales de consumo masivo. Hoy, el Odeón sobrevive únicamente en la memoria de los vecinos que, al cruzar la calle Montiel, todavía miran de reojo buscando las viejas marquesinas.