A diez años de la histórica primera marcha de “Ni Una Menos”, la periodista y militante Marcela Ojeda dialogó con nuestro editor, Pablo Seoane, en un mano a mano. Ojeda, quien en 2015 impulsó la convocatoria inicial a través de sus redes sociales tras una ola de femicidios, reflexionó sobre el camino recorrido, el estado actual de las políticas de género y la urgencia de profundizar un cambio cultural.
Durante la entrevista, la periodista analizó los avances y retrocesos a una década del hito que movilizó a cientos de miles de personas a las calles. Asimismo, advirtió sobre la delicada situación que atraviesan los programas de asistencia a las víctimas de violencia de género y la necesidad de sostener la educación como una herramienta fundamental para erradicar las violencias desde la infancia.
Pablo Seoane: A diez años de la primera convocatoria de Ni Una Menos, ¿qué reflexión hacés sobre este camino y sobre la situación actual de los femicidios?
Marcela Ojeda: Es una situación sumamente compleja y dolorosa que nos interpela todos los días. El Ni Una Menos del 3 de junio de 2015 fue un mojón, parte de un recorrido nutrido y robusto de los movimientos feministas y de mujeres en la Argentina. No hubiéramos sido cerca de 300.000 personas frente a la plaza si no hubiéramos tenido otras conquistas y reclamos previos en las calles. Si bien oficialmente, según el registro de la Corte Suprema, la cantidad de femicidios ha bajado comparativamente con el año pasado, se mantiene en los niveles de 2017. Hay que entender que la violencia hacia las mujeres es un fenómeno cultural que no se soluciona únicamente con más presencia policial o botones antipánico, sino con un cambio profundo desde que somos pequeños, a través de la Educación Sexual Integral.
Pablo Seoane: Recientemente se habló de cambios y reducciones en las herramientas de asistencia. ¿Cómo está funcionando hoy la Línea 144?
Marcela Ojeda: La Línea 144 es un espacio de asistencia, acompañamiento y asesoramiento para quienes atraviesan situaciones de violencia —recordando siempre que para emergencias y riesgo de vida está el 911—. Actualmente sigue funcionando las 24 horas, pero a media máquina, con un 64% menos de capacidad en comparación con años anteriores, menos operadoras y áreas desmanteladas. Muchas de las personas que siguen trabajando allí lo hacen por un compromiso fortísimo con las víctimas. Se han eliminado múltiples programas de acompañamiento y contención, lo que deja en una situación muy complicada a muchas mujeres que no tienen recursos económicos ni lugares adonde ir para salir de un entorno violento.
Pablo Seoane: Mencionabas que el cambio tiene que ser cultural. ¿De qué manera se empieza a desarmar esa violencia machista en lo cotidiano?
Marcela Ojeda: El femicidio es el último eslabón de la violencia machista, pero hay todo un recorrido previo. Un varón violento no se levanta de un día para el otro a matar; hay un camino de avisos, de violencia económica o psicológica. Por eso es vital la educación compartida en la casa, desde las acciones más pequeñas: que un hijo varón levante los platos y comparta las tareas del hogar en igualdad de condiciones va sembrando una semilla para que sea un adulto respetuoso. Afortunadamente, gracias al feminismo, veo que las pibas y los pibes de las nuevas generaciones están reviendo estos comportamientos y cambiando el diálogo.
Pablo Seoane: Vos contaste que de muy chica en Villa Gesell viviste una situación donde un hombre intentó llevarte a su casa y se lo contaste a tu mamá. ¿Esa experiencia marcó tu manera de ver las cosas?
Marcela Ojeda: Una no nace feminista, se va formando con los años y con las vivencias. Cuando tenía alrededor de 12 años, un vecino carnicero me insistió para que fuera a su casa a “hacer la tarea”. Algo me hizo ruido, volví a mi casa y se lo conté inmediatamente a mi mamá. Mi papá fue a buscar a este hombre, quien terminó demorado en la comisaría y tenía antecedentes. El no guardarme las cosas, contarlo y no tener vergüenza fue algo que me enseñaron desde chica. Cuando una empieza a sacar los velos en las familias, se da cuenta de que casi todas las mujeres han vivido situaciones de acoso o miedo a lo largo de su vida. Por eso es fundamental romper el silencio y escuchar.
