El fallecimiento de Daniel Melingo generó un profundo cimbronazo en la cultura popular argentina. El vacío que deja este artista polifacético —fundador de Los Twist, integrante de Los Abuelos de la Nada y refundador del tango contemporáneo— motivó un emotivo repaso histórico por la mítica escena de la postdictadura.
En diálogo con nuestro editor, Pablo Seoane, el emblemático conductor y musicalizador Bobby Flores recordó a su amigo de toda la vida. Con su habitual lucidez, describió a Melingo como un “genio literal” que estuvo presente en cada bisagra de la música nacional, analizó la gesta del rock de los 80 como una resistencia intelectual y reflexionó sobre el misterioso recambio cultural de las nuevas generaciones.
La entrevista: el living de los 80, la Galería del Este y el dolor por la partida
P. S.: Bobby, tuviste palabras muy sentidas ante la muerte de Daniel Melingo. Dijiste que “se murió una parte de todos nosotros”. Más allá de lo obvio de su trayectoria, ¿quién era él para vos como artista?
Bobby Flores: Se murió Melingo y eso es terrible. Dani era… yo siempre decía en joda, cuando salió la serie de Fito Páez y la gente empezó a redescubrir partes del rock argentino de los 80, la gesta de los chicos, la posdictadura y todo eso, que si quieren hacer la historia del rock de verdad, tienen que hacer la serie de Melingo. Ese tipo estuvo en todo. Dani era un huraño, pero la verdad es que era divino. Éramos re amigos en los 80.
“Si quieren hacer la historia del rock de verdad, tienen que hacer la serie de Melingo. Ese tipo estuvo en todo.”
P.S.: Compartieron proyectos impensados para la época, incluso televisión en canales que eran muy masivos.
BF: Sí, hicimos un programa de televisión en lo que hoy es Telefe, que en ese tiempo era Canal 11. Fue el primer programa diseñado exclusivamente para pasar videos, cuatro o cinco años antes de MTV. No lo entendió nadie, fue un fracaso (risas). Julio Moyano lo producía y duró cuatro o cinco meses. La producción la hacíamos Eduardo de la Puente y yo, los dos con 22 o 23 años, y el piso lo hacían Andrés Calamaro, Pipo Cipolatti y Dani Melingo. Hoy te lo cuento y parece una locura, pero en ese momento no los conocía nadie, eran tres monos que estaban ahí. Fue una movida muy jugada de Gustavo Yankelevich en el año 84.
P.S.: ¿Y cómo fue que lo conociste personalmente?
BF: Lo conocí en el 80. Yo salí del ejército y me fui a vivir arriba de la Galería del Este, en la calle Florida. Ahí íbamos todos, vivíamos por ahí. Lo conocí a través de Andrés en El Agujerito. Dani venía de Brasil, había tocado con Milton Nascimento a los 17 años, cuando Milton recién empezaba. Vino a Buenos Aires y apareció Melingo por la disquería; Gustavo Nihenson nos juntó y pegamos onda de entrada.
P.S.: Escuchándolo hablar del tango, él tenía definiciones maravillosas. Decía que el tango era “la música clásica de las cloacas”. ¿Cómo era tratar con él en confianza?
BF: Era un genio, literal. No estoy hablando pelotudeces. Tenía toques de genio: todo lo que tocaba lo hacía un poco genial. Nos conocimos cuando se estaba gestando todo en plena dictadura, así que tampoco podíamos afirmar mucho en ese entonces.
La trinchera cultural contra la dictadura
P.S.: Es increíble cómo se gestó y se grabó tan rápido un disco como La dicha en movimiento de Los Twist. ¿Cómo recordás esa época?
BF: Yo estaba en la radio, nos veíamos afuera. Todo eso se centralizaba en la Galería del Este, que estaba al fondo de lo que sería el Instituto Di Tella. Era un hormiguero de vanguardia impresionante y los militares nunca se avivaron. En frente estaba la redacción de Satiricón, donde el secretario de redacción era Jorge Guinzburg y nosotros hacíamos chistes. En ese entorno te conocías con todo el mundo.
P.S.: Se nota que era una cultura rock que excedía largamente lo meramente musical.
BF: Sí, totalmente. Era una resistencia intelectual a la dictadura. No nos comíamos la propaganda oficial de “los argentinos somos derechos y humanos” y toda esa mierda. Estábamos en contra de eso. Hay momentos donde, aunque capaz no entiendas nada de lo que pasa, sabés de qué lado tenés que estar cuando ves quiénes están del otro lado. Allá yo no quiero estar; eso era un poco lo que nos pasaba a nosotros.
De las listas negras al rescate de vinilos
Durante la charla, Flores recordó cómo era trabajar como musicalizador en 1977, en plena censura gubernamental. Explicó que en un estado totalitario no existía la libertad estética; los militares entregaban una lista cerrada y de ahí se debía elegir. Sin embargo, el conductor confesó que se armó una de las discotecas más importantes de San Andrés gracias a un particular “rescate” de material prohibido.
Según relató, los censores militares rechazaban cualquier disco con criterios insólitos, argumentando que no pasaban música de personas que tuvieran “cierto aspecto” o el pelo largo. Flores simulaba estar de acuerdo, retiraba los vinilos de artistas como Hall & Oates, Doctor Hook o Stephen Bishop, y se los llevaba a Rafael Bini a la disquería Paraíso Records para guardarlos. De esa manera, salvó de la destrucción cerca de 500 discos que terminaron en su colección personal.
El viraje al tango y el eterno retorno de la juventud
P.S.: Más adelante valoraste mucho el vuelco que dio Melingo hacia el tango, donde terminó pasando más tiempo que en el rock.
BF: ¡Y qué te parece! Obvio. Todos crecimos con el tango. Nuestros padres tenían discos de tango y de jazz como la gran cosa; la cumbia y el tango eran la raíz, el rock apareció después. Yo soy de la década del 60, mi infancia la pasé escuchando eso en la radio.
P.S.: ¿Lo seguías viendo en el último tiempo?
BF: Sí, lo veía. Yo vivo en frente del estudio de Cachorro López. Ahí pasan todos: estacionan en la puerta de mi casa y nos cruzamos. Éramos como vecinos, capaz que nos poníamos a hablar y ni tocábamos el tema de la música.
P.S.: Como melómano y tipo que escucha todo lo nuevo, ¿cómo vislumbrás el futuro de la música ante la pérdida de estos grandes referentes? ¿Tenés esperanza en el rock que viene?
BF: Obvio, siempre. Cuando aparecieron Soda Stereo o Sumo, en la radio se escuchaba a Rafaela Carrá y a sus imitadoras; tampoco es que el mundo estaba esperando bandas de raros peinados nuevos. Era esta misma mierda o peor, pero lo que quedó en la historia fue lo otro. La cultura joven siempre se abre camino y, ante todo, lo que quiere es aborrecer la cultura adulta. Y los adultos lo último que queremos es que nos aborrezcan. Va a quedar algo, pero nadie sabe qué es. Yo a mis hijos no les puedo enseñar nada; lo más sofisticado que yo tenía de chico era un Scalextric y ellos hoy tienen amigos en Australia que ni conocen. Así que los miro y espero.

