Más allá de lo que se espera en términos ideales del teatro: conmover, entretener, interpelar al espectador, hacerlo reflexionar, generar emociones, por ejemplo, hay factores que le otorgan un plus a la obra artística.

En Los días perfectos, ese factor -a priori- es la simbiosis entre el gran dramaturgo y director, Daniel Veronese, y Leonardo Sbaraglia. Ambos, entre la adaptación y dirección del primero, más la descollante actuación del segundo, propician la sensación de que leemos un libro cuyas páginas pasan arriba del escenario.

De hecho, la dupla transmite entre texto y actuación una puesta con una fuerte impronta literaria, pero llevada al cuerpo con una naturalidad que asombra. Como si los pensamientos danzaran a través de la figura de Sbaraglia con una fluidez mágica.

El amor después del amor

¿Qué sucede cuando el espejo de un amor ajeno nos devuelve una imagen distorsionada de nuestra propia felicidad? Daniel Veronese toma esa pregunta y se adentra en el libro de Jacobo Bergareche, Los días perfectos. La novela del español versa sobre un hombre que le escribe a su pareja desde la habitación de un hotel y le plantea el hastío que provoca el paso de los años en una relación.

Para ello compara la prosa epistolar de William Faulkner dirigda a su amante Meta Carpenter y construye este unipersonal que desarma, pieza por pieza, el mecanismo del matrimonio moderno. Una combinación cuasi perfecta, la mano de Daniel Veronese con el talento de Leo Sbaraglia.

El relato: entre Texas y el dormitorio

La obra arranca con un hallazgo académico: un hombre lee las cartas de amor de William Faulkner a su amante Meta Carpenter. Ese descubrimiento actúa como un reactivo químico. Al contrastar la pasión clandestina y febril del autor estadounidense con sus propios 17 años de convivencia, el protagonista inicia un viaje hacia el interior de su casa, de su cama y de sus deseos frustrados. No es una obra sobre la infidelidad, sino sobre la erosión. Veronese logra que el espectador sienta el peso de “lo que se logra retener” frente al “natural devenir” de un amor que ya no es idílico, sino rutinario.

La puesta en escena

La dirección de Veronese es, como siempre, quirúrgica. Utiliza el escenario para una “transmutación mágica” donde el pensamiento se vuelve acción. El espacio se siente pequeño, casi claustrofóbico, representando esa estabilidad matrimonial que protege pero también asfixia. Los miedos del narrador están “al alcance de la mano”, logrando que el público no solo observe una crisis ajena, sino que revise sus propios “días perfectos”.

Las interpretaciones

La fuerza de la obra reside en la palabra. El actor logra transmitir esa incomodidad de quien se sabe afortunado por tener una familia, pero desgraciado por haber perdido la plenitud de la juventud. Es una crónica peligrosa porque es universal: la ambición de recuperar lo perdido y el terror de ver cómo se desvanece lo más valioso.

Veredicto: Una pieza de una belleza triste y necesaria. Ideal para quienes disfrutan del teatro que invita a la introspección y para los amantes de la literatura que buscan ver cómo las palabras de Faulkner cobran vida en una frustración contemporánea.


FICHA TÉCNICA

RubroDetalle
TítuloLos días perfectos (basada en el libro homónima de J. Bergareche)
DirecciónDaniel Veronese
GéneroDrama / Reflexivo
TeatroDisponible en cartelera porteña
FuncionesMiércoles a domingos, 21:00 h
TemporadaDel 09/01/2026 al 01/02/2026
Calificación⭐⭐⭐⭐ (Muy Buena)